lunes, 27 de octubre de 2014

Ocho consideraciones sobre la Gran Belleza




 Por Fabián Pacheco. Estudiante de Comunicación Social.

1
“Cuando llegué a Roma a los 26 años me precipité demasiado rápido, casi sin darme cuenta, en lo que se podría definir como el vórtice de la mundanidad, pero yo no quería ser simplemente un hombre mundano quería ser el rey de los mundanos.” Así se define Jep Gambardella, el protagonista de La Gran Belleza, la última ganadora de un Oscar como mejor película extranjera. No sólo la frase nos gusta -tiene punch- sino que además aprendemos una palabra nueva: vórtice. El diccionario dice: flujo turbulento en rotación espiral. Efectivamente, Jep es un flaneur, un dandy, un escritor consagrado que le bastó escribir una sola novela para sacudir la literatura italiana. Jep es un cínico de aquellos: melancólico, hastiado, un Baudilaire del siglo XXI que desde joven irrumpe en el torbellino de la mundanidad romana. Desde chico, cuenta él, cuando los amigos preguntaban qué olor más le gustaba, mientras todos respondían “el olor a concha”, él en cambio, elegía “el olor a armario viejo”. Otro niño sensible que devendría en escritor. Hedonista, a lo largo de todo el film, veremos a Jep bebiendo, comiendo, fumando habanos, vistiendo elegantes trajes, con infinitas combinaciones de camisas y pañuelos, y haciendo comentarios sobre las sensaciones que éstos placeres mundanos le producen.

2
Sorrentino, el director italiano que le dedicó el premio a Fellini y a Maradona, nos muestra la Roma contemporánea. Los amigos de Jep son todos artistas o al menos aparentan serlo. Algunos son exitosos otros no tanto, pero estan todos vinculados a la escena artistica italiana, tan cultos y sofisticados, como frívolos y envidiosos. Se reúnen todas las semana a beber y a reírse de los demás y de sí mismos. Hay una escena memorable: una de las amigas de Jep hace un monólogo enumerando sus virtudes como mujer moderna: reconocida escritora, mejor periodista, elocuente panelista de un programa televisivo, madre responsable, etc, etc. Cada cosa que afirma lo hace con la mirada perturbada, con odio en sus ojos. Inmediatamente nos damos cuenta que en realidad le esta hablando a una sola de las personas que la rodean, le habla a Jep, con inocultable rencor. No voy a reproducir lo él le responde, sólo anticipo que contraataca con una respuesta sutil y contundente, con otro breve y genial monólogo. Jep parece ser de esos tipos que están más allá del bien y del mal, y cuyo cinismo es apuballante. Este cinismo, tanto como caracterización del personaje principal, como lugar de enunciación es acertado desde el punto de vista estético político. En Argentina aburre el discurso cínico, repleto de algo que es imperativo evitar: los lugares comunes. Acá hace más de una década se terminó el Consenso de Washington y, pese todas las cosas negativas que perduran en la actualidad, seria un verdadera necedad negar evidente el cambio de época, de clima cultural, de autoestima nacional, sobretodo. No hay motivos para un Diógenes. En cambio, en la Italia "berlusconiana" de hoy, es atinado que el protagonista, de una sensibilidad compleja, sea un cínico memorable. Tiene motivos de sobra.

3
La película transcurre lentamente, con una iluminación realmente estupenda. Hay imágenes -postales de Roma- que no muestran sólo el Coliseo si no, por ejemplo, las centenaria arquitectura del edificio de un convento, por dentro y por fuera, y el diario trajín de las monjas. La música se destaca, la disfrutamos de punta a punta, todas las canciones que suenan son agradables, cantadas en distintos idiomas: italiano, inglés y en español incluso suena una suerte de mambo. Confieso una cosa: la versión de “A ar Lämore comicie tu” de Rafaela Carrá, con Bob Sinclair, que escuchamos en la escena inicial de la fiesta, me encantó. Traducida, la canción se titula fabulosamente “En el amor todo es empezar”.

4
Jep es un tipo ocioso y meditabundo, pero cuando habla es simpático y ocurrente. Se gana la vida como periodista. Entrevista y escribe notas sobre otros artistas. El arte es el único tema que escapa de su cinismo. En una parte, entrevista a una chica hiperposmoderna, una performer cuya obra cuasi teatral consiste en gritar con un vestido blanco y estrellarse contra una pared enorme, luego de tomar carrera y venir corriendo a toda velocidad. Jep, por supuesto, no entiende el sentido, la idea, el concepto, la supuesta belleza, no entiende nada, como nos puede pasar a la mayoría de nosotros al contemplar parte del arte contemporáneo. Jep pregunta a la autora de semejante pavada, qué quiso hacer, insiste, que le explique, que qué es, que por qué hizo eso… Es una escena donde el director intenta ridiculizar a aquellos que le dan más importancia a la figura de artista que al trabajo propiamente dicho. La crítica no es novedosa, pero está bien que lo recuerde. “Somos un país de entrevistados” dice Jep, con resignación, a su mejor amigo.

5
Un día Jep recibe al marido de quien fue, como diría nuestra Virginia Lagos al presentar un bodrio en Telefe, el amor de su vida. Ella lo dejó cuando tenían veinte años. Y vivió treinta monótonos y apacibles años con el hombre que acaba de llegar para comunicarle con infinita tristeza que ella ha muerto y que sólo amó a Jep. El escritor le cree pero para consolarlo lo disimula: le dice que está equivocado, que todo es un malentendido. El hombre le responde categóricamente que lo leyó en el diario íntimo de la mujer. Jep a partir de allí va a tener ensoñaciones con quien fue la única chica que, como diría nuestra Virginia Lagos luego de beber té de hierbas peligrosas en Telefe, lo volvió loco. Recuerdos de su pasado, imágenes con ella en la playa nadando en el mar vuelven sin cesar. Es así como Jep va a saber que su vida también es tan vana, superficial y frívola como la de sus amigos, la “fauna”. La plena autoconciencia de la situación que atraviesa esta vez lo lastima y, en adelante, será un peso, una carga que soportar.

6
Acostumbrados a las películas típicamente hollywoodenses, nos preguntamos: ¿el protagonista hallará redención? No. Ni siquiera la busca, porque Jep sabe muy bien que no hay redención, que ni siquiera existe la posibilidad, el mundo está jodido (Europa es políticamente una mierda, todas las salidas políticas para enfrentar la crisis económica, lo fueron) y el sabe que, por omisión, tácitamente, es responsable de esa mierda también.
En otras palabras, Jep va a visitar a un viejo amigo, dueño de un cabaret y experimentado empresario de la noche, y éste le cuenta, con aplomo, que últimamente el negocio se nutre de polacas adolescentes, baratas y habilidosas que saben hacer cosas nuevas. Advertencia: si el espectador ingenuo cree que Sorrentino va proponer una salida moral, tranquilizadora, se equivoca: inmediatamente aparece una mujer cuarentona, hija del dueño, una morocha descomunal, que es ¡la estrella del boliche! y afirma sutilmente que le encanta su trabajo, porque le brinda libertad e independencia y la paga es buena. Es decir, a partir de esto se nos viene encima el fuera de campo inmenso que sugiere el director: “afuera”, los empleos “decentes” para mujeres que brinda el capital europeo (mundial) pueden ser peores.

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Hay muchos personajes con rasgos exagerados, casi caricaturizados. Acaso en eso se vea la influencia de Fellini, o cierto homenaje al gran Federico, como dicen algunos críticos. Vemos: un cardenal con futuro de Papa con un Ego grande como la Torre de Pisa; un dramaturgo frustrado que intenta, patéticamente, levantarse a una actriz histérica que sólo lo usa y le gasta el dinero; una enana estratega que oficia de promotora cultural; un poeta que no habla en toda la película; un psicótico y futuro suicida que se toma demasiado en serio la literatura que lee; una vedette pasada de moda; y una monja que parece ser el único personaje real: con 103 años, ha entregado su vida a vivir junto a las comunidades más pobres de África y parece ser, además del protagonista, la única cuya existencia tiene un propósito, el único personaje realmente vivo, en otros términos, el personaje con más espesura ontológica. Todos estos personajes son los que veremos desfilar durante el film. El paisaje de una burguesía cultural que no es inmune a la decandencia que el anarcocapitalismo le imprime a las elites europeas.

8
A Jep, como consuelo, le queda disfrutar de alguna reminiscencia de su primera novia; apreciar casi boquiabierto las fotos que, una por día, le sacaron a un fotográfo desde que nació; le queda ver la hermosura de una nena enfurecida que pinta a lo Jackson Pollock obligada por sus padres; le queda sentir la brisa de una tarde romana... Apenas ligeras bondades que alivianan el último tramo de su vida, pero que, intuimos, no son suficientes para sentirse bien porque como diría Frank J. Underwood: “para los hombres como yo sólo poder mantenernos a flote es lo mismo que estar hundidos”

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